CAMINAR EL SINSENTIDO

Caminar el sinsentido

Mariana Moyers

Con mi mano quemada
escribo sobre la naturaleza del fuego.
Flaubert

Esta reflexión comenzó a escribirse con los pies y comenzó a escribirla alguien más, alguien que ya no está. Quiero decir que, aún cuando caminamos solos, no lo estamos del todo, que caminar las ciudades es una experiencia personal, íntima pero siempre colectiva, no solo porque alguien las ha caminado antes que nosotros, sino porque, aun habiendo sido diseñadas bajo códigos que dictaminan su uso, la experiencia del paseante siempre determinará su historia.

Las tensiones utilitarias entre movilidad y diseño del espacio público, han moldeado al urbanita para desplazarse zigzagueantemente entre lo práctico y lo placentero y, dentro de esta negociación, se inscriben todas las relaciones espacio-afectivas acotadas dentro de cualquier urbe. En este caso, se llama Ciudad de México y se apellida Colonia Doctores.

I

Ya sea que se haya tenido el perezoso infortunio de presentarse ante el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, o acudido al Instituto de Ciencias Forenses o en el mejor de los casos, disfrutado del verdadero deporte nacional en la icónica Arena México; la colonia Doctores representa una estampa capitalina de la que la mayoría de sus oriundos hemos al menos escuchado mencionar, si bien no siempre debido a su buena fama en cuestión de seguridad, sí por ser un cuadrante privilegiado y lugar de paso obligado para llegar a distintos puntos de la ciudad.

Dichos privilegios geográficos convierten a la colonia Doctores en blanco de la inversión inmobiliaria público/privada, industria para la que los residentes[resistentes], negados a desplazarse de sus hogares, son un estorbo y un problema que dificulta los planes de negocio. Por que así es como han visto muchas de las administraciones capitalinas a la ciudad: como un negocio y nada más. Generando a su paso y con sus pésimas decisiones respecto a planes de desarrollo social y vivienda, complejos procesos de exclusión y marginación, que poco a poco derivan en códigos de identidad sustentados en la violencia sistemática de la que los colonos han sido objeto.

II

En mayo del 2016, en la calle de Doctor Liceaga casi esquina con Doctor Vértiz, un hombre de 18 años asesina a otro de 28. Ambos jóvenes, ambos vecinos de la misma colonia. Uno con un violento historial delictivo y problemas de salud relacionados con la drogadicción. El otro migrante, como muchos en esta capital, proveniente del norte del país, buscando oportunidades y rentas accesibles como las que aún ofrece el lugar en el que se encontraban. Una noticia más, una cifra para la estadística que posiciona a la delegación Cuauhtémoc como la más violenta en asaltos a transeúntes, y a su vez, colocaba al año 2016 como el más violento del sexenio hasta ese entonces (luego superado por 2017 y finalmente rebasado por 2018).

III

Yo soy actriz. Al menos eso dirá el título universitario que aún no tengo en mis manos. No sé lo que significa ser artista y mucho menos ser ciudadana. Hasta mayo del 2016, no sabía cómo es el dolor de vivir de cerca una muerte violenta, ni de la frustración a la que se llega al concluir que el fallecimiento de un amigo fue un cruce de sinsentidos y juegos de probabilidades. Dos años después, ante la falta de sentido del mundo, decidí regresarle el sentido al mío, si es que alguna vez lo tuvo. No sabía cómo, así que empecé a caminar por la colonia Doctores. Primero hice mapas en el piso y caminé las líneas de tiza como si fueran calles, luego encontré un mapa… el mapa de la ruta que siguió mi amigo el ultimo día de su vida. En todo camino, la mitad del camino es desandar lo andado; así que me armé de vértigo por la muerte y regresé a la colonia, como cuando lo visité en su casa de doctor Lucio esquina con doctor Liceaga. Estar en la colonia Doctores era, de alguna forma, estar cerca de él: me imaginaba a qué lugares le gustaba ir a comer y comí; me imaginaba qué era lo que más le gustaba de vivir ahí y me senté en el parque; comencé a caminar del lado derecho de la acera y luego de un tiempo y como consecuencia de la familiarización forzada, descubrí lo que más me gustaba a mí:  y me emborraché con pulque y bailé salsa e hice amigas, y ellas me metieron a sus locales, a sus casas, me presentaron a sus familias. Un día ya no fui a visitarlo a él y en cambio fui a mi lugar favorito en el mundo: con pulque; con amigas; con comida deliciosa; con lucha libre; con asaltos; con muerte. Ya no caminaba sola y quería pretender que las cosas tenían sentido, así que mis amigas me ayudaron a hacer una convocatoria en la colonia: tortillerías, cantinas, cocinas, casas y paredes, anunciaban las “Rutas eléctricas por la Doctores”, hice lo propio en mis lugares, los que siempre fueron míos y, el 21 de mayo del 2018, alrededor de 30 personas caminamos la ultima ruta de Adán, mi amigo. Lo hicimos cruzando las historias intimas de las vecinas, con la historia de las políticas públicas que han hecho de la Colonia Doctores el lugar que es. Todo terminó en comida, fiesta y borrachera. Durante 6 horas todo tuvo sentido. La calidad de efímero de ciertos eventos, no merma su trascendencia.

IV

Poner el cuerpo es un paso hacia poner todo lo demás. El compromiso ético de un artista con una pieza pasa necesariamente por su cuerpo, porque el cuerpo no solo nos posiciona, nos involucra, nos compromete, sino que nos obliga a decidir entre dejar el privilegio de abandonar las relaciones de uso, o en cambio, seguir como siempre y sin transformarnos.

Con todo lo que pasó decidí hacer algo más; una pieza de Teatro Documental donde pude darle lugar al mundo que se desacomodó para mí, cuando recibí un mensaje de texto que anunciaba el quiebre del mundo de las explicaciones lógicas. La pieza se llamó Un mapa de la colonia doctores o la respuesta a cómo caminar sin miedo. Dar lugar a las cosas era una frase de mi psicoanalista y, si se pudiera decir que es posible sacar conclusiones de las piezas artísticas, de esta hubiera sido que hay que darle lugar también al miedo y a los sinsentidos: en un grito, en una caminata colectiva o en una obra de teatro. Esta última opción representó para mí morir una y otra vez con ese mundo y reconstruirme al descubrir que mi dolor era tan mío como de todos los que asistieron al funeral, al teatro; de todos los que caminan acompañados o solos la colonia Doctores, rellenando con su intimidad cotidiana cada bache; cada fisura; cada espacio vacío de los edificios derrumbados por el sismo; cada recuerdo de un lago; de una ciudad de palacios.

*Este artículo fue publicado originalmente por la revista semestral TERRITORIO DE DIÁLOGOS, Numero IV «El acto político. La democracia entre la razón, la ética y la locura.» La revista Territorio de Diálogos mantiene el espíritu del Colegio de Saberes, confrontar y cuestionar saberes en los campos del psicoanálisis, la filosofía, la historia y el arte. Busca trazar líneas de fuga que, a través del diálogo y sin abandonar sus áreas de interés, procuren la ampliación de límites y la transgresión de fronteras.

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